lunes, 15 de junio de 2015

Mi colección

No colecciono mariposas, ni cachivaches, ni estampillas, colecciono palabras, sentimientos, valores que tienen como autores a mi familia y amigos.

Tengo en mi mente un Banco con intereses que me devuelve con creces la abundancia de la palabra “Amor”, que se vuelve “valor”, que se expresa en sentimiento y vuelve contentos a los románticos, a los compositores, a los escritores, poetas, y en general a todos los que se sienten nutridos con esta mágica poción.

Colecciono la palabra “Sabiduría”, con comprensión, entendimiento, conocimiento y me da el sabor de la reflexión, de la integración, del análisis, la síntesis, la división y la integración, el orden y la transformación , el poder de decir “no” cuando bien comprendo o de decir “si” cuando me hace posible mi evolución.

Colecciono la palabra “Voluntad”, que me hace dinámica, que me motiva a la acción , a la ejecución, a la creatividad, al desarrollo de cualquier habilidad, a sentirme segura y confiada en mi realización.

Que bien me va con la palabra “Fortaleza”, con valor, con destreza, con vigor, con respeto, con honor, con honestidad y lealtad, con integridad, me maravillo con la “bondad”, con la “belleza”, con la grandeza porque con ellas decora mi alma y me da calma en estos momentos de dolor.

Suaviza mis síntomas y me coloca en una cima donde puedo meditar y vibrar energéticamente con la meditación, y “espiritualidad” se convierte en el compendio de todas las bellas palabras que me significan transformación y comunicación.

V. Lucía Aristizábal


Los sonidos del silencio

Un rey mandó a su hijo a estudiar a un templo de un gran maestro con el objetivo de prepararlo para que fuera una gran persona. Cuando el príncipe llegó al templo, el maestro lo mandó sólo hacia el bosque.

Tendría que regresar un año después, con la tarea de describir todos los sonidos del bosque. Cuando el príncipe regresó al templo al cabo de un año, el maestro le pidió que describiera todos los sonidos que había podido oír.

Entonces dijo el príncipe: “Maestro, pude oír el canto de los pájaros, el ruido de las hojas, el revoloteo de los picaflores, la brisa acariciando las hierbas, el zumbido de las abejas, el sonido del viento surcando los cielos”.

Al terminar su relato, el maestro le pidió que regresara al bosque para oír más, todo lo que fuera posible. Intrigado, el príncipe obedeció la orden del maestro, pensando: “No entiendo, yo ya distinguí todos los sonidos del bosque…” Pasó días y noches enteras en soledad oyendo, oyendo, oyendo… pero no consiguió distinguir nada nuevo, además de aquello que le había dicho al maestro.
Sin embargo, una mañana, comenzó a distinguir sonidos vagos, diferentes a todo lo que había oído antes, y cuanta más atención prestaba, los sonidos se volvían más claros.

Una sensación de encanto envolvió al muchacho. Pensó: “Esos deben ser los sonidos que el maestro quería que oyera…” Sin prisa, permaneció allí oyendo y oyendo, pacientemente. Quería estar seguro de que estaba en el camino correcto. Cuando volvió al templo, el maestro le preguntó qué más había podido oír.

Paciente y respetuosamente el príncipe le dijo: “Maestro, cuando presté atención pude oír el inaudible sonido de las flores abriéndose, el sonido del sol saliendo y calentando la tierra y el de las hierbas bebiendo el rocío de la noche…” El maestro sonriendo, asintió con la cabeza en señal de aprobación, y dijo: “Oír lo inaudible es tener la calma necesaria para convertirse en una gran persona. Recién cuando se aprende a oír el corazón de las personas, sus sentimientos mudos, sus miedos no confesados y sus quejas silenciosas, una persona puede inspirar confianza a su alrededor; entender lo que está errado y atender las reales necesidades de cada uno.

La muerte de una relación comienza cuando las personas oyen apenas las palabras pronunciadas por la boca, sin prestar atención a lo que hay en el interior de las personas para oír sus sentimientos, deseos y opiniones reales.
Es preciso, oír el lado inaudible de las cosas, el lado no mensurado, el más importante del ser humano…

Desconozco a su autor