miércoles, 22 de julio de 2015

Gozar de la vida

Dicen que a cierta edad las mujeres nos hacemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina y que nos volvemos inexistentes para un mundo en el que solo cabe el ímpetu de los años jóvenes.

Yo no se si me habré vuelto invisible para el mundo, es muy probable, pero nunca fui tan consciente de mi existencia como ahora, nunca me sentí tan protagonista de mi vida, y nunca disfrute tanto de cada momento de mi existencia.

Descubrí que no soy una princesa de cuento de hadas, descubrí al ser humano que sencillamente soy, con sus miserias y sus grandezas.

Descubrí que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta, de estar llena de defectos, de tener debilidades, de equivocarme, de hacer cosas indebidas, de no responder a las expectativas de los demás. …Y a pesar de ello… ¡quererme mucho!.

Cuando me miro al espejo ya no busco a la que fui… sonrió a la que soy… Me alegro del camino andado, asumo mis contradicciones. Siento que debo saludar a la joven que fui con cariño, pero dejarla a un lado porque ahora me estorba. Su mundo de ilusiones y fantasía ya no me interesa.

Que bueno vivir sin poner el listón tan alto¡ ¡Que bien no sentir ese desasosiego permanente que produce correr tras los sueños!.

La vida es tan corta y el oficio de vivirla es tan difícil, que cuando uno comienza a aprenderlo, ya hay que morirse. El ser humano tarda mucho en madurar, verdad?

Desconozco a su autor


¿Cómo se hace la vida?

La vida se hace sorbo a sorbo, paso a paso y día a día. Caminándola a lo ancho y a lo hondo, mirándola a través de sus colores, oyéndola a través de sus sonidos, palpándole la perfección y desentrañándole la luz.
La vida se hace como trabajadora de su siembra, como obrera de su palabra, como jardinera de sus flores, como cantadora de sus prodigios…
La vida se hace agitando el mundo que llevamos dentro y descubriendo el mundo que llevan los demás.
La vida de hace amando, porque el amor tiene tanto que hacer en el mundo, que no da tiempo para odios ni rencores.
La vida se hace en el espacio de lo cotidiano, en pequeños trozos de cada día, en ratitos, en ratitos que encendemos de pasión, en vuelos que se emprenden con besos y son sueños.
Velar y dormir, soñar y despertar, llorar y reír, creer y dudar, caer y levantarse:
Eso es hacer la vida.

La vida no se hace para lucir, para exhibirse, para mostrarnos en un escaparate de vanidad y focos de colores.
La vida se hace en el recinto íntimo, en ese taller de abeja trabajadora que llevamos dentro, en ese aguijón que extrae y regala, que profundiza y endulza.
La vida se hace en el centro de trabajo de uno mismo, con su esfuerzo silencioso, efectivo, constante y masivo.
Un esfuerzo que abre surco y un surco hecho para que no deje de producir.
Hacer la vida no es diseñarla a nuestro antojo, ni coserla a nuestro capricho: es estar siempre en las puntadas de su tela y en el estambre de su tejido.
Hay que caminar la vida, porque es la única manera de llegar.
Irla resolviendo con la lógica, pero emocionándola con el espíritu y calentándola con el corazón.
La vida se hace cuando das la mano y transmites una corriente, cuando das una sonrisa y cuelas la luz, das un beso y cierras los ojos, te das a ti mismo.
¡y parece que concentras el universo en tu corazón!.

La vida se hace en el espacio de tu mundo y en donde se libran las batallas de los demás. Se hace en el horizonte de ti mismo y en donde vuelan los sueños de los otros, en la siembra frondosa de tu tierra y en la raíz raquítica del huerto ajeno.
La vida se hace de regalo, sin seleccionar, ni preguntar, ni escoger.
Cumple tu misión de dar. Porque en ese libro de la generosidad, esfuerzo y de la entrega,
¡Se hace la vida!.

Desconozco a su autor